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viernes, 20 de marzo de 2015

Aquelarre Vargallosiana contra América Latina


 Por: Gustavo Espinoza M. (*)

“El nuevo mundo es nuestra Patria;  su historia, es la nuestra, y es en ella que todos nuestros deberes esenciales, nuestros más caros intereses, nos obligan a examinar y a considerar atentamente el estado de nuestra presente situación y de las causas que en ella más han influido” 
                  Juan Pablo Viscardo y Guzmán. “Carta a los Españoles Americanos” Paris 1799 

En los próximos días, la Universidad de Lima -uno de los entes académicos privados de la ciudad capital perauana- será escenario de un nuevo “encuentro por la libertad” organizado por Mario Vargas Llosa. Esta cita -llevada a la práctica antes- tiene también un sólo propósito: atizar el odio contra el proceso emancipador de América Latina.


Acudirá, sin duda,  la crema y nata de la gusanería continental teniendo como primera agonista a la esposa de Leopoldo López, un contrarrevolucionario venezolano encarcelado en su país por alentar y urdir acciones terroristas de innegable factura.

A ella, se sumarán los que acuden siempre que se trata de denostar contra Cuba, enlodar a la Venezuela de nuestro tiempo, atacar a Evo Morales y la rica experiencia boliviana, y acosar al gobierno de Rafael Correa y su Revolución Ciudadana. Y, de paso, lanzar denuestos contra Uruguay, Brasil, Nicaragua, El Salvador, y otros países. A la cabeza de la “troupe”, Carlos Alberto Montaner, reconocido agente de la Agencia Central de Inteligencia yanqui en estas tierras.
Podríamos decir que se trata más de lo mismo porque ya lo vimos antes aquí, y en otras ciudades situadas en esta parte del mundo, donde el galardonado escritor convoca a los quienes quieran unirse al carro de una guerra, la que promueve Estados Unidos contra nuestros países. Si se hubiesen propuesto  encontrar la peor coyuntura para encontrarse, no habrían hallado una mejor.
La cita -financiada o no por Washington- se inserta en los planes agresivos de la Casa Blanca, a los que viene como anillo al dedo. Porque eso es así, allí no se dirá una palabra respecto a la agresividad de la administración Obama contra Venezuela; ni a la injerencia absurda que ella implica, violatoria de todos los principios que rigen la Comunidad Mundial ni las relaciones entre Estados y Naciones. Todo será un panegírico al dominio Imperial.
Tampoco nada acerca de las maniobras de la Chevron contra el gobierno de Ecuador, ni de la conspiración de la CIA y el MOSSAD orientada a involucrar falsamente al gobierno de Cristina Fernández en la muerte del fiscal Nisman.
Todo eso será pasado por alto, como lo será también cada uno de los episodios del accionar estadounidense contra nuestros países, incluido  el desembarco de miles de  infantes de marina en las costas peruanas, programado para el próximo septiembre bajo el pretexto de “combatir la droga y el terrorismo”. Los gonfalonieros del Imperio callarán en todos los idiomas en torno a estos temas que comprometen los más agudos retos del continente en nuestro tiempo.
Hoy, la estrategia imperial referida a América Latina tiene blancos preferidos: Argentina, donde se orienta a debilitar la corriente liderada por los Kirchner con miras al proceso electoral de octubre próximo; Brasil, donde se prepara la caída de Dilma Rouseff aplicando la receta que se usó contra Goulart en 1964; y Venezuela, nación en la que se impulsa descaradamente una guerra civil que “justifique” el desembarco de tropas norteamericanas para “garantizar la democracia y el orden occidental y cristiano”, como ocurrió, en pleno Siglo XXI, en Afganistán, Irak, Libia y otros países
¿Qué otro propósito, sino una impronta guerrerista, podría tener la declaración aquella que considera “un peligro para la seguridad de los Estados Unidos” el proceso social que se vive  a 5 mil kilómetros de sus costas, en la Venezuela Bolivariana? El sueño de Washington es extender la guerra y alcanzar propósitos definidos: dominación territorial y control de riquezas.
Para USA, embarcada en una conflagración mundial de nuevo tipo, resulta vital cambiar radicalmente la correlación de fuerzas en América Latina, y asegurar control absoluto del suelo americano disponiendo para sí el uso de los recursos naturales y humanos del continente.
Nada teme más el gobierno de los Estados Unidos, que enfrentarse -en el marco de esa guerra- a una región contestataria. Lamentablemente para el país del norte, esa realidad existe ya. Y se expresa en gobiernos de distintos matices pero uunidos por una misma voluntad liberadora: consumar la segunda Independencia de América luego de 200 años de fragorosa lucha preñada de ingentes sacrificios.
Cada país de la región, tiene un derrotero definido, un proceso distinto, una historia propia, y un conjunto de experiencias que anidan sus propósitos. Pero  casi todos, están firmemente unidos en la protección de sus recursos básicos, y en la defensa de su soberanía como Estados.
Este, no es un hecho casual. Es el resultado de una vida plagada de infortunios y en la que se impuso siempre la ley del más fuerte. En esa etapa, el gobierno yanqui se apoderó de territorios que no le pertenecían, como los de México, Alaska y Puerto Rico; pero además incursionó aviesamente en muchos de los países de la región: Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Panamá, República Dominicana, Granada y otros.
En unos casos, lo hizo de manera directa y repetida, desembarcando efectivos militares en su suelo, y en otros, alentando ejércitos mercenarios que jugaron el papel de fuerzas de dominación y terror contra sus pueblos. En todos los casos, el propósito fue el mismo: apoderarse de los recursos de la región.
Hoy esa misma política tiene nombre propio. Se enmascara en luchas contra gobiernos, pero muestra un mismo contenido: el Imperio busca Petróleo. Cobre, Hierro, Gas, pero también recursos hídricos y biodiversidad, en una circunstancia en la que globo terráqueo afronta retos inéditos que cuestionan la misma supervivencia de la especie. El “Panamericanismo” –decía Luis Felipe Angell, es “pan para ellos, y americanismo para nosotros”.
En el fondo,  de lo que se trata, es de amagar la supervivencia de las poblaciones en esta parte del mundo, porque el gobierno de EE.UU quiere asegurar la de los suyos y las propiedades y recursos de los monopolios.
¿Qué puede mover a Vargas Llosa a unirse a ese carro agresivo contra pueblos y naciones? En verdad, nada, sino apenas un turbio anticomunismo heredado de los años de la “Guerra fría” y alimentado compulsivamente desde el Norte.
En esos años, ya domesticado por le férula imperial, Vargas Llosa apoyó abiertamente la Guerra de Vietnam. En Perú, ese hecho pasó casi desapercibido porque el “escritor nuestro” casi no radicaba acá.
Vivía en París; pero, además, no contaba con la aureola que le otorga hoy el Premio Nobel de Literatura. Era apenas un escritor modesto que frecuentaba los cafés del Barrio Latino, en la Ciudad Luz.
Ganado por el Imperio a través de jugosos premios y otros reconocimientos laudatorios, el autor de “La casa verde”, cambió de color, y pasó a formar parte de la cohorte de la Casa Blanca desde fines de los 60, y se afirmó en ese signo equívoco con el tiempo. Hoy, es casi el autor preferido por las fuerzas de dominación  que lo usan a su antojo para perpetuar el control colonial sobre Estados vasallos.
Los pueblos de América Latina hoy prefieren otra cosa. Lo dicen las calles y las plazas de nuestro continente en la lucha cotidiana contra los panegiristas del Gran Capital, los que nos vendieron el modelo neoliberal que se hunde irremediablemente.
En circunstancias como éstas es precisamente cuando los pueblos evocan la gira de Bolívar, y cuando brillan con luz propia las palabras de José Martí referidas al Libertador: “Mientras la América viva, el eco de su nombre resonará en lo más viril y honrado de nuestras entrañas”.
(*) Del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera. http://nuestrabandera.lamula.pe

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