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viernes, 7 de abril de 2017

Nicaragua duele a EEUU y a la derecha en Nuestra América



Por Patricio Montesinos
Hace solo pocos días el presidente del Banco Central de Nicaragua, Ovidio Reyes, informó ante el Parlamento que su país logró en 2016  un crecimiento económico del 4,7%, lo que confirmó el desarrollo ascendente que ha tenido esa nación centroamericana en los últimos años.


Por supuesto que los emporios de comunicación latinoamericanos e internacionales silenciaron la referida noticia con el evidente objetivo de una vez más minimizar lo que ha estado haciendo la Revolución Sandinista en beneficio de su pueblo, en medio de la profunda crisis que azota al mundo y el plan maligno de restaurar el neoliberalismo en la Patria Grande.

El pasado año en Nicaragua se incrementó además el salario nominal en un 6,3%,  la política fiscal se mantuvo estable y las reservas internacionales brutas estuvieron en niveles óptimos, alcanzando en diciembre un saldo de 2,448 millones de dólares.

Por su parte, la cartera de crédito aunmentó en un 18.4 % y los depósitos en un 8.6 %. La inversión extranjera directa fue de 1442 millones de dólares y el déficit de cuenta corriente se ubicó en 8.6 % del Producto Interno Bruto (PIB), menor en 0.4 puntos porcentuales con relación al 2015.  

Es bien sabido que Nicaragua figuró entre los países más pobres de la región, y que gracias al proceso revolucionario encabezado por el presidente Daniel Ortega, como similar ha sucedido en Bolivia con Evo Morales, es hoy ejemplo de crecimiento sostenido y de redistribución de las riquezas entre todos sus ciudadanos.

Los logros de la pequeña nación centroamericana contrastan con lo que está ocurriendo en otras de Nuestra América con inmensos recursos, como Brasil y Argentina, que se han empobrecido a un ritmo escandaloso por las políticas neoliberales aplicadas por sus actuales regímenes.

Pero, claro, lo que sucede en Brasil y Argentina, y también en México, Paraguay, y qué decir de Honduras y Guatemala, es escondido por la oligarquía y sus entramados mediáticos, que por el contrario continúan alentando la violencia, promoviendo agresiones, sanciones y golpes de Estado contra gobiernos progresistas, y hasta intervenciones extranjeras.

Los Sandinistas, seguidos ahora por la Alianza País, en Ecuador, fueron los primeros en paralizar la avalancha derechista que se intenta propagar como una pandemia desde el sur del Rio Bravo hasta la Patagonia, al imponerse con amplio margen en las elecciones generales de noviembre pasado.

Con la victoria contundente de Ortega y la vicepresidenta Rosario Murillo, junto a sus citados logros economicos, Nicaragua ha reabierto un sendero esperanzador para las fuerzas progresistas de la Patria Grande. Por supuesto, ello duele, y mucho, a la oligarquía continental y a su amo Estados Unidos.

Era de esperar entonces que sectores ultraconservadores  pretendan ahora reintroducir en el Congreso de Washington la “iniciativa” de ley conocida como Nicaraguan Investment Conditionality Act (NICA), de 2016, o llamada coloquialmente Nica Act.

Ese proyecto injerencista, que en buen español se traduce en sanciones o lo que es muy parecedo, un bloqueo económico contra Nicaragua, es promovido por la tristemente afamada congresista republicana de origen cubano Ileana Ros-Lehtinen, reiteradamente acusada por sus estrechos vinculos con el terrorismo internacional.

Los pretextos para presentar y procurar aprobar esa ley son los mismos infundados y fanfarroneados de siempre que usan los enemigos acerrimos de las revoluciones populares en Latinoamérica y el Caribe: supuestas violaciones de los derechos humanos, y el “retroceso de la democracia”, en este caso en la nación centroamericana.

En un comunicado oficial, el ejecutivo Sandinista y su Vicepresidenta denunciaron este miércoles la nueva patraña que se cierne sobre Nicaragua, la cual forma parte del plan desestabilizador que fuerzas ultraconservadoras de Washington, en contubernio con sus “palanganeros” de la derecha regional, llevan a cabo desesperadamente en Nuestra América, y que incluye a Venezuela, Ecuador, Bolivia, El Salvador, Cuba y otros países caribeños.

Cercar a quienes no bajan la cabeza es una vieja práctica imperial, pero la historia ha demostrado que ese accionar esta destinado al fracaso cuando los asediados no renuncian a sus principios, a su soberania y a su independencia. Los nicaraguenses lo han demostrado, como lo han hecho los cubanos, los venezolanos, los bolivianos, los ecuatorianos, los salvadoreños y otros pueblos y gobiernos de la Patria Grande.

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