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lunes, 14 de diciembre de 2015

Echemos un vistazo a la cárcel para mujeres en la Florida


Por :  Nicanor León Cotayo
Las más recientes informaciones obligan a preguntar ¿qué les falta para considerarlas vecinas de un pequeño Infierno?

Su centro penitenciario es también uno de los más relevantes y putrefactos que radican en Estados Unidos.

Valorado como el mayor de ese tipo en la Florida e incluso uno de los principales en Estados Unidos, reporta casi 2 300 internas.
Casi todos la denominan prisión  de Lowell, zona geográficamente ubicada en el centro del referido estado sureño.
A sus antecedentes desbordados de capítulos sucios se sumó este viernes un reportaje de  Julie K. Brown en el Nuevo Herald.
Ella arrancó mostrando la credencial de que allí hay cinco mujeres viviendo en el tenebroso Pabellón de la Muerte, donde se arranca una vida en cualquier momento.
También alertó que en esa dependencia está pasando algo cada vez más “parecido a la prostitución” masiva.
Conectado a ello echó mano al caso de las reclusas que denunciaron tener sexo con guardias a cambio de solucionar sus necesidades.
La periodista Brown se detuvo a narrar la experiencia de Casey Hodge.
Se trata de una ex prisionera a la  que con veinticinco años de edad llevaron a la cárcel por drogadicción.
Ciega desde hacía nueve años  llegó temblando al centro represivo, esposada y con pesados grilletes  en sus pies.
Minutos después junto a otras mujeres la llevaron a una habitación y le ordenaron desnudarse para revisarla.
Ella narró, y la periodista Brown amplificó que, incluso, una guardia le exigió quitarse el ojo de vidrio, “porque deseaba comprobar que yo no escondía algo en la cuenca del ojo”.
Más tarde un jurado la condenó a treinta y seis meses de prisión bajo el cargo de hacer uso de drogas ilegales.
Ex prisioneras citadas en el reportaje de Brown manifestaron que en esa cárcel floridana “prevalecen la corrupción, el tormento y el abuso sexual.
Documentos judiciales revelan que algunos guardias llegan a escupir las caras de estas mujeres, así como las amenazan con lanzarlas al piso o y las llaman prostitutas, perras y monas.
Testimonios de víctimas aseguran que además se ven obligadas a suplicar que les entreguen artículos básicos, como papel higiénico, jabón y toallas sanitarias.
¿Intención? Facilitar el camino para quienes, primero se los hacen llegar y después les exigen favores sexuales.
La peor de las infamias, opina el reportaje, consiste en que tanto hombres como mujeres de la institución aprovechan sus cargos para forzarlas a tener sexo.
Muchas mujeres aceptan, escribe, porque consideran no tener otra alternativa y el resto lo llama una forma de supervivencia.
En Lowell, denuncian presas, quienes cumplen las órdenes de sus guardias a veces son premiadas con  jabón y almohadillas sanitarias, cigarrillos, drogas y dinero.
Por el contrario, advierten, las prisioneras que lo rechazan sufren los peores trabajos y las tareas más duras.

Su rebeldía podría llegar a costarles una separación del resto de los sancionados y hasta   perder visitas de sus familiares.

Sin embargo, la nueva jefa del penal, Angela Gordon, afirma que los abusos físicos, mentales y sexuales “no son tan graves” como narran las mujeres.
¿Pretexto de su argumento? Que las presas tienden a mentir para buscarles problemas a los guardias o lograr algo que desean.
La desmintió el asistente de la Fiscalía Estatal del Condado floridano Marion, Ric Ridgway:
“Es cierto que algunas presas mienten en ocasiones, pero eso no quiere decir que lo hagan siempre”.
Y añadió: resulta evidente que en Lowell hay prostitución, y determinar su gravedad es difícil, aunque no falsa.
Aaron Johnson, abogado que representó a varias reclusas, hizo notar las dificultades para  esclarecer estos problemas  “cuando los guardias controlan la vida de las mujeres.
“Lo que he visto es que algunas de las presas han sido realmente víctimas de agresiones sexuales y golpizas”.
He ahí una sombría muestra de lo que es, -sin maquillaje- la principal institución carcelaria para mujeres de la Florida.
“Para ellos somos animales” denunció Casey Hodges, la muchacha ciega que un día llegó esposada y con grilletes al principal baluarte penitenciario de ese territorio sureño.




(Tomado de CubaSí)


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